Dios no se avergüenza de nosotros

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Dios no se avergüenza de nosotros
Photo by Christian Harb / Unsplash

Él era el pastor principal de una iglesia conservadora, no denominacional y de gran tamaño, y por años había luchado en secreto con una adicción al alcohol. Con el tiempo, su adicción llegó a tal punto que un domingo subió ebrio al púlpito. Apenas habían pasado un par de minutos de su sermón cuando los ancianos de la iglesia notaron su estado. De inmediato, lo escoltaron fuera del santuario, lo destituyeron de su cargo y, posteriormente, lo expulsaron.

Tiempo después, aquel pastor confesaría su sorpresa al visitar una reunión de Alcohólicos Anónimos —una de esas reuniones que comúnmente se realizan en los sótanos de las iglesias— y descubrir en ese grupo más gracia, perdón, aceptación y restauración de la que halló en su antigua iglesia, donde solo le mostraron la puerta de salida por su pecado.[1]

Algo sucede en nuestras iglesias cuando estamos más preocupados por nuestra imagen y nuestro testimonio que por atender el pecado y el fracaso de nuestros miembros, incluso el de nuestros líderes. Es cierto que la Biblia nos exhorta, como cristianos, a vivir de una manera que glorifique a Dios y no desacredite el evangelio. Nuestro comportamiento debe ser coherente con la verdad que decimos creer. Nuestras vidas deben reflejar el carácter de Cristo.

Pero también es cierto —y bíblicamente verificable— que los hijos de Dios, aun los mejores entre nosotros, muchas veces la embarramos. Todos nosotros, si somos lo suficientemente sinceros para admitirlo, encontramos cierta dualidad en nuestras vidas. Hay momentos en que, sabiendo hacer lo bueno, terminamos haciendo lo malo. Hay momentos en que somos incoherentes con la fe que profesamos. Hay momentos en que, simplemente, nos ponemos brutos.

Existe un hombre en la Biblia que, mientras más leo las Escrituras, más me convenzo de que es el mejor hombre que jamás ha existido, con excepción de Jesús. Si lees sobre él desde 1 Samuel 16 hasta 2 Samuel 10, probablemente llegarás a la misma conclusión que yo: ¡David era un tipazo!

A lo largo de la historia de David, relatada desde 1 Samuel 16 hasta 2 Samuel 10, notarás en él cualidades sorprendentes: era un hombre profundamente humilde, valiente, celoso por la honra de Dios, dependiente de Él, prudente, leal, paciente, sincero, rápido para arrepentirse y dispuesto a escuchar corrección; misericordioso con sus enemigos, agradecido, justo, bondadoso y plenamente confiado en la soberanía de Dios. David fue un hombre elegido por Dios, conforme al corazón de Dios, para liderar al pueblo de Dios. Y fue también aquel a quien el Señor prometió que de su descendencia vendría un reino que duraría para siempre.

Pero en 2 Samuel 11, David la embarró. A partir de ese capítulo, la Biblia relata su adulterio con Betsabé y cómo, luego, para ocultar su pecado, coordinó el asesinato de Urías, el esposo de ella. Aquel gran hombre, a quien quisiéramos parecernos aunque fuera un poco, fue capaz de cometer pecados terribles; pecados que traerían consecuencias dolorosas y marcarían profundamente el resto de su vida. David cosecharía el fruto amargo de su pecado, experimentaría la disciplina de Dios a través de los hombres y no escaparía al juicio temporal por lo que había hecho.

Sin embargo, resulta sorprendente que, a pesar de su pecado, la fidelidad de Dios hacia David nunca cambiara. David ciertamente fue disciplinado por Dios, pero no desechado por Él. Cuando reconoció humildemente su culpa, Dios lo perdonó y quitó de él su pecado (2 Samuel 12:13). Las consecuencias permanecieron, pero la gracia también lo hizo. Dios no revocó su pacto ni retiró su amor. David sufrió profundamente por su pecado, pero nunca dejó de ser objeto de la misericordia y de la fidelidad inquebrantable del Señor.

Es impresionante que, siglos después, escucháramos al ciego Bartimeo gritar en las calles de Jericó: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!». Ese clamor mostraba a voces que Dios cumplió la promesa que le había hecho a David siglos atrás: que de su descendencia vendría un Rey cuyo reino permanecería para siempre.

Yo no creo que la historia de David se encuentre en la Biblia solo para advertirnos sobre las consecuencias tristes y dolorosas de pecar contra un Dios tres veces santo. Creo que su historia está en las Escrituras porque Dios es honesto sobre la realidad humana —Él no la esconde como nosotros solemos hacer—, y porque la historia de David es parte de Su historia de redención de la raza humana. La historia de David nos muestra una realidad difícil de negar: que todos somos polvo, y que aun el mejor de nosotros, en algún momento, puede comportarse como el peor de los hombres.

Es por esto que la iglesia cristiana debe ser un lugar donde, sin importar cuán grave y grosero sea el pecado que hayamos cometido, nos sintamos bienvenidos a ser honestos y confesarlo, para correr a Dios en arrepentimiento.

La iglesia debe ser un lugar donde encontremos espacio para ser transparentes; donde no seamos condenados con desprecio, porque todos en la asamblea reconocemos que somos lo que somos únicamente por la gracia de Dios. Puede que la confesión de un pecado implique acudir a las autoridades del gobierno de nuestro país, dependiendo del crimen cometido. Pero, aun allí, la iglesia debe ser un lugar seguro para confesar con honestidad lo que hemos hecho: un lugar donde no seremos aplastados, sino amados y acompañados para enfrentar nuestra realidad, por amarga y vergonzosa que sea.

Varias décadas atrás, el pastor alemán Dietrich Bonhoeffer nos advirtió sobre el peligro de que una comunidad, obsesionada con aparentar piedad, termine impidiendo que sus miembros reconozcan la realidad de que son pecadores. Cuando una iglesia no ofrece un espacio para la confesión honesta, cada persona aprende a esconder su pecado: primero de los demás, y luego incluso de sí misma. Así, ninguno de nosotros se atreve a reconocerse pecador. Y cuando finalmente se descubre a alguien caído entre los “justos”, muchos reaccionan con escándalo, como si el pecado fuera una sorpresa. Así terminamos solos con nuestra culpa, sosteniendo una vida de apariencia, mentira e hipocresía.[2]

Esta es la razón por la que Scott Sauls, en su libro Beautiful People Don't Just Happen: How God Redeems Regret, Hurt, and Fear in the Making of Better Humans (Las personas hermosas no aparecen por accidente: cómo Dios redime el arrepentimiento, el dolor y el temor para hacernos mejores personas), sostiene que ya es tiempo de que la iglesia recupere la dinámica que suele encontrarse en sus sótanos y la lleve de nuevo a su santuario. Porque es allí, en el sótano, donde las personas quebrantadas y con adicciones dejan de ocultarse, se atreven a nombrar su realidad y comienzan, paso a paso, el camino de la transformación y la restauración.[3]

Piénsalo por un momento. Antes de la fundación del mundo, Dios te eligió a ti y me eligió a mí para hacernos sus hijos. Él sabía la vergüenza que atraeríamos hacia Él, no solo cuando nos rescatara al revelarse a nuestras vidas, sino también después de salvarnos. Sabía lo que éramos cuando nos encontró, lo que traeríamos con nosotros, y la vergüenza que continuaríamos trayendo aun después de haber sido salvados. Y, aun así, nos salvó.

Alguien podría decir: “¿Pero qué dirán los de afuera cuando vean una iglesia incoherente con lo que predica? ¿No podrán negar la fidelidad de las Escrituras?”. Yo diría, más bien, que cuando las personas de afuera vean nuestra realidad —lo que verdaderamente somos—, entonces podrían preguntarse: “¿Qué Dios es este que salva a pecadores como estos?”.

Mi vergüenza puede asombrar al mundo —e incluso avergonzar a mi propia iglesia—, pero no avergüenza a Dios. Él me escogió para ser su hijo sabiendo lo que encontraría en mí, y aun así decidió trabajar en mi vida para santificarme y hacerme más semejante a su Hijo, Jesús. Él decidió cargar conmigo y con la vergüenza que yo llegaría a ser.

Por eso, tomando prestadas las palabras de Scott Sauls, te digo que, si alguna vez necesitas hablar conmigo, puedes encontrarme en el sótano de la iglesia, donde se reúnen quienes reconocen con honestidad su propia adicción. Porque es allí, junto a ellos, donde estoy aprendiendo, lenta y trabajosamente, a sentirme verdaderamente en casa.[4]


  1. Tomado de una historia relatada por Ian Morgan Cron en una entrevista publicada por Christianity Today, "Humanity's Universal Addictions: What Is the Cure? | The Russell Moore Show.” YouTube video, 59:00, publicado el 22 de enero de 2025, 23:43–24:42; y del libro de Ian Morgan Cron, The Fix: How the Twelve Steps Offer a Surprising Path of Transformation for the Well-Adjusted, the Down-and-Out, and Everyone In Between (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2025), Kindle, 78. ↩︎

  2. Dietrich Bonhoeffer, Life Together (New York: Harper & Row, 1954), p. 110. ↩︎

  3. Scott Sauls, Beautiful People Don't Just Happen: How God Redeems Regret, Hurt, and Fear in the Making of Better Humans (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2022), Kindle, 89. ↩︎

  4. Sauls, Beautiful People Don't Just Happen, 117. ↩︎