Aprendiendo a Morir
Me estoy debatiendo si dejar Aprendiendo a Morir como nombre de este blog. ¿Acaso no es esta una forma demasiado negativa de comenzarlo? ¿No debería elegir un título más positivo, uno que celebre la vida y el florecimiento humano? ¿Qué es eso de aprender a morir? ¿Acaso me estoy volviendo loco?
He sido cristiano por mas de treinta años. Entregué mi vida a Jesucristo a la edad de diecisiete años en un concierto cristiano, y a partir de esa noche en la Iglesia Cristiana de la calle Pina, mi vida nunca volvió a ser la misma. Recuerdo con claridad la profunda convicción de pecado que experimenté esa noche, y de cuán desesperadamente necesitaba una relación con Dios. También recuerdo la vergüenza que sentía ante la idea de acercarme a alguien para que orara por mi. No obstante, la carga en mi corazón era tan grande, que busqué al primer desconocido que encontré en aquella actividad y le pedí que orara por mí.
Muchas cosa cambiaron en mi vida a partir de esa noche. No es falso decir que jamás volví a ser el mismo. Sin embargo, también debo admitir, que cuando evalúo mi vida desde mi conversión hasta el día de hoy, algunas cosas parecieran nunca haber cambiado. ¿Será que salté la clase en la escuela dominical dónde enseñaban que la vida cristiana es un camino de muerte: morir a uno mismo, tomar la cruz cada día y seguir a Cristo? ¿O quizás me ha resultado más fácil abrazar los sermones que exaltan el valor del ser humano y celebran el amor incondicional de Dios hacia pecadores como nosotros, que aceptar la realidad de que, cuando Dios nos hace suyos, su propósito es transformarnos radicalmente?
No recuerdo dónde lo leí, pero cuentan que en un pueblo de algún lugar existía un mafioso muy famoso. Los cristianos de la zona oraban por su conversión, porque se decían entre sí:
—¿Te imaginas cuántas personas vendrían a los pies de Cristo si se enteraran de la conversión de este famoso mafioso?
Varias personas fueron entonces a predicarle a aquel hombre y, después de escuchar la invitación de un pastor para aceptar a Jesús en su corazón, decidió hacerlo. ¡La iglesia celebró la noticia! ¡El pastor y los líderes brincaban de alegría! ¡Ahora todo el pueblo vendría a Cristo!
Con el tiempo, sin embargo, el pastor se enteró de que aquel hombre no había abandonado sus actividades en el mundo de la mafia. Así que decidió visitarlo para confrontarlo.
—¿Por qué continúas en esas prácticas pecaminosas si has entregado tu vida a Jesús? —preguntó el pastor.
—No entiendo —contestó el mafioso.
—¿Cómo que no entiendes?
—He escuchado que existen cantantes cristianos, abogados cristianos, médicos cristianos y contadores cristianos. Yo solo pensé: ¿por qué no puedo ser un mafioso cristiano?
Creo que ha habido una parte de mi vida que se parece a eso. No porque haya querido vivir como vive el mundo, ni mucho menos convertirme en un mafioso. Pero sí porque he aceptado como válidas y aceptables ciertas actitudes, hábitos y prácticas pecaminosas que, en lugar de confrontarlas y llevarlas continuamente a la cruz, he permitido que crezcan y se desarrollen, produciendo heridas en las personas cercanas a mí y, sobre todo, han ofendido a Dios.
Hay una realidad de la vida cristiana difícil de negar: una vez que Dios nos hace suyos, no nos dejará como somos. Puede que el cambio no ocurra de la noche a la mañana —de hecho, rara vez sucede así—. Puede que, al igual que Jacob, nos tome diecinueve años aprender nuestra lección o, como a Moisés, cuarenta años. ¡Ouch! Pero Dios no se detendrá ni se cansará. Porque un padre amoroso no deja a sus hijos crecer como frutas silvestres. Él los disciplina, los corrige y los forma, como todo buen padre hace con los hijos a quienes ama.
El objetivo de este blog es compartir algunas citas y reflexiones que voy teniendo en mi proceso de aprender a morir. Es la reflexión dolorosa sobre mi propia vileza, pero también el asombro ante un Dios sorprendente que no deja de amar ni de perseverar en la vida de sus hijos, a pesar de todo lo que hacemos contra Él, con el propósito de hacernos cada vez más semejantes a su Hijo, Jesús.
¿Me acompañas en este viaje de aprender a morir, mientras Dios me enseña lo que significa realmente vivir?