Cuando la gracia tiene que ser suficiente
En el siguiente extracto, R. C. Sproul (1939–2017) relata sus propias luchas:
En los primeros días de mi conversión, anhelaba recibir aquella segunda obra de la gracia. Algunos de mis amigos más cercanos provenían de iglesias del movimiento de santidad y, aunque no creían haber alcanzado un estado de perfección absoluta, sí estaban convencidos de que existía una segunda obra de la gracia como medio para llegar a la santificación. Yo la busqué con verdadero fervor, y tenía buenas razones para hacerlo, porque llegué a la vida cristiana cargando mucho equipaje. Conocía el poder de la carne y sabía que no tenía la capacidad de vencerla.
El día de mi conversión, mi conducta cambió radicalmente: mi manera de hablar se volvió más limpia y otras áreas de mi vida también se transformaron de manera profunda. Por primera vez sentí sed y un hambre apasionada por conocer las verdades de la Escritura. Disfrutaba orar e ir a la iglesia para cantar himnos de alabanza al Señor Dios, pero seguía luchando contra pecados que me asediaban.
Recuerdo que, durante los primeros meses después de mi conversión, estaba fumando en la cafetería de la universidad, sentado frente a nuestro profesor de matemáticas, que era cristiano. Él tomó una pajilla, la sostuvo como si fuera un cigarrillo, se la llevó a los labios y fingió dar una calada y expulsar el humo. Entonces me dijo: «Déjame contarte mis experiencias con el Espíritu Santo». Por supuesto, aquella era su manera de reprenderme por no haber logrado todavía poner mi vida en orden como nuevo cristiano.
Como no conseguía dejar de fumar, andaba buscando una santificación instantánea y lo probé todo. Un evangelista me dio esta idea: «Si quieres dejar de fumar, guarda una imagen de Jesús dentro del paquete de cigarrillos. Cada vez que tengas ganas de fumar, saca el paquete, mira la imagen de Jesús y di: “Te amo, Jesús”. Entonces ya no sentirás la tentación de fumar». Lo intenté, pero para las tres de la tarde nada me resultaba más repugnante que aquella imagen de Jesús, así que tuve que sacarla del paquete.
No puedo expresar cuán seria era aquella lucha en mi alma. Cuando llegaba a ese pasaje de la Escritura que dice: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13), pensaba: Yo no puedo decir eso. No puedo hacerlo todo por medio de Cristo, que me fortalece.
Pedí que me impusieran las manos y le pedí a un ministro del movimiento de santidad que orara para que recibiera aquella segunda obra de la gracia y fuera santificado al instante, pero no funcionó. Alguien oró en lenguas; otro ministro me dio un clavo y me dijo que me lo guardara en el bolsillo, y así lo hice. «Cada vez que pienses en fumar —me dijo—, piensa en la muerte de Jesús. Saca ese clavo y recuerda lo que Jesús hizo por ti». Aquello duró apenas unas horas, hasta que tiré el clavo.
Tuvieron que pasar veinticinco años desde el día en que me hice cristiano hasta que logré estar veinticuatro horas sin fumar, otros diez para poder pasar un mes sin hacerlo y al menos diez más para dejarlo por completo. Durante todo ese tiempo escuché las acusaciones de Satanás y luché con mi condición espiritual, porque estaba atrapado en una adicción de la carne de la que sencillamente no conseguía librarme.
Sé que no estoy solo. En cierto sentido, aunque no debería ser así, esta lucha termina convirtiéndose en una dimensión normal de la vida cristiana. Todos nos enfrentamos a algún pecado persistente que llevamos ante Dios, buscando librarnos de él. Y tarde o temprano tenemos que escuchar estas palabras: «Bástate mi gracia» (2 Cor. 12:9).
No puedo decir por qué, a veces, el Señor permite que luchemos durante años antes de que llegue la liberación, pero así sucede. Sin embargo, en todo momento la gracia está ahí para vencer, sea cual sea el pecado con el que estemos luchando.[1]
Testimonio personal de R. C. Sproul, incluido en su exposición de Romanos 7:14–25. Tomado de R. C. Sproul, Romans: An Expositional Commentary (Sanford, FL: Reformation Trust Publishing, 2019), edición Kindle, pp. 202–203. Traducción propia. ↩︎