Una caída en Munich
Hoy, caminando por las calles de Múnich, entré a una relojería para cambiar la batería del reloj de mi esposa. Mientras bajaba las escaleras de la tienda, tuve la brillante idea de ir escribiendo en el celular.
Y me caí.
Al caer, sentí un dolor intenso en el tobillo izquierdo. Después sabría que había sufrido un desgarro parcial de los ligamentos. Mis hijas me dijeron que durante la caída también me había golpeado la cabeza, pero yo no podía sentir nada más. Todo había quedado eclipsado por aquel dolor agudo que se había apoderado de mi tobillo.
Un alemán, empleado de seguridad de la tienda, se acercó, me extendió la mano para ayudarme a levantarme y, con esa firmeza tan alemana en la voz, me dijo:
«Póngase de pie».
Y entonces, de pronto, solo quería llorar.
Esa caída abrió la coraza que había levantado alrededor de mi corazón durante aquellos días. Me dolió pensar que ya tengo cincuenta años y que estoy sentado, sin saber cuándo podré volver a servir al Señor. Me dolió la realidad de esos deseos impuros dentro de mi corazón, que no se callan y siguen insistiendo en que corra hacia ellos. Me dolió pensar que no sabía si algún día llegaría a ser completamente libre de ellos.
Me dolió mi soledad.
No la soledad de no tener hermanos llamándome o dándome seguimiento para saber cómo estoy —eso ya no me molesta—, sino una soledad más profunda: la de sentirme solo… solo con Dios, aun mientras caminaba acompañado de mi esposa y mis hijas por las calles de Múnich. Y las lágrimas no dejaban de salir.
Me detuve un momento en la Frauenkirche —la Catedral de Nuestra Señora—, donde, según la tradición, el diablo dejó su famosa pisada. Mientras mi esposa y mis hijas continuaban paseando por aquellas calles de Múnich, yo me senté solo en uno de los bancos de la catedral y dejé salir las lágrimas.
Hay momentos en la vida en los que solo podemos caminar con Dios. Es un espacio tan estrecho que únicamente cabemos nosotros y Él. Nadie más.
Mis lágrimas expresaban la realidad de estar viviendo este tiempo a solas con Dios, en lo más profundo de mi interior. Allí nadie puede entrar. Mi esposa no puede entrar en mi corazón; tampoco mis pastores ni mi terapeuta. Solo Dios conoce el tumulto que hay dentro: las luchas, las debilidades, los anhelos, las frustraciones y los temores.
Al final de cuentas, reconozco que mi correr hacia el pecado, en todas sus expresiones, no ha sido más que una forma de correr ante el peligro, el miedo, la soledad, las heridas, la falta de amor… Siempre ha resultado más fácil correr hacia mis ídolos que correr hacia Dios. A Dios hay que esperarlo. Hay que confiar en Él aun cuando no lo vemos, aun cuando no lo sentimos cerca.
Pero nuestros ídolos —cualquier cosa a la que corremos para encontrar consuelo, compañía, protección, amor, o simplemente para hacer nuestra vida un poco más soportable sin depender de Dios— están ahí. Disponibles. Al instante.
Pero ahora Dios quiere derribar mis ídolos. Quiere que aprenda a confiar en Él. Quiere que aprenda a reconocer que tiene el control de todo lo que sucede en el universo. Que dependa de su gracia. Que espere en Él. Que descanse en su soberana protección y también en su soberana lentitud. Que confíe en su amor y su cuidado.
Y sí… quiere que aprenda a soportar el dolor de la disciplina de un Padre que ama a su hijo.
Martyn Lloyd-Jones lo expresó de esta manera:
En los relatos de quienes han llegado a conocer profundamente a Dios, a menudo encontramos que primero fueron llevados a un desierto. Hubo una especie de aislamiento, un encuentro solitario junto al pozo [como en el encuentro de Jesús con la mujer samaritana].
Y si hemos de llegar a conocer a Dios de esa manera, descubriremos que Él también nos atraerá, nos apartará y nos hablará a solas. Puede que nada parecido esté sucediéndole a nadie más a nuestro alrededor. No importa. Él nos atraerá hacia sí. Quizás nos lleve a un desierto. Quizás tenga que conducirnos a través de un tiempo de aflicción; quizás no. Pero ese no es el punto. El punto es que hay una parte de nuestro caminar con Dios que tiene que ser intensamente personal. Hay lugares a los que Él nos lleva donde, por un tiempo, parece que estamos solamente Él y nosotros.[1]
Mirando atrás, aquel día en Múnich puso palabras a lo que Dios ha estado haciendo en mi vida durante estos últimos años.
En todo este proceso, Dios me ha estado mostrando que Él es real. Él no es solo el Dios de las historias que encontramos en la Biblia, sino también el Dios de mi vida y, por lo tanto, de mi historia. Y Él ha tomado este tiempo de mi vida para formar en mí la imagen de su Hijo.
No era un pecado en específico lo que Él necesitaba romper. Era al hombre entero al que había que quebrantar, para que su Hijo fuese reflejado en mi vida.
Aún estoy en el proceso, y aún duele. Pero estoy confiado, porque no estoy solo. Dios está conmigo y está haciendo de mi historia su historia. Para que su nombre, al final de este viaje, sea el único nombre que reciba toda la gloria.
«Para gloria de tu nombre, oh Señor, preserva mi vida;
por tu fidelidad, sácame de esta angustia.
En tu amor inagotable, silencia a todos mis enemigos
y destruye a todos mis adversarios,
porque soy tu siervo».
—Salmos 143:11-12 (NTV)[2]
Martyn Lloyd-Jones, Living Waters: Studies in John 4 (Wheaton, IL: Crossway Books, 2009), Kindle loc. 289. Traducción propia. ↩︎
Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. Tyndale House Foundation, 2010. ↩︎