19 de octubre

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19 de octubre
Photo by Narges Pms / Unsplash

Hace cinco años, un día como hoy —19 de octubre de 2021—, me acerqué al pastor de mi iglesia en busca de ayuda. Estaba desesperado. Luchaba con un pecado persistente que me tenía dominado, y mi matrimonio se encontraba al borde de la ruptura.

Durante aquella reunión, el pastor me hizo muchas preguntas. Quería entender mi problema y conocer mi historia. Fue una hora larga. Por momentos me sentí avergonzado, tanto por las preguntas que me hacía como por mis propias respuestas. Me sentí como un paciente desnudo en una habitación fría de hospital. Pero había sido yo quien había solicitado aquella reunión y sabía que necesitaba ser honesto. Tenía miedo de la opinión que el pastor pudiera terminar teniendo de mí, pero había ido allí con la intención de hablar con sinceridad delante de él y delante de Dios.

Necesitaba ayuda.

Después de aquella primera reunión, apenas volvimos a encontrarnos dos veces durante las siguientes siete semanas. Y, en los dos años que siguieron, nos reunimos una sola vez.

A principios de 2024, le pedí una reunión al pastor. Necesitaba perdonarlo. En mi corazón había ido creciendo una raíz de amargura. En el momento de mayor necesidad de mi vida, sentí que él no había estado presente. No recibí la ayuda que esperaba, a pesar de que me había prometido acompañarme. Nunca recibí una llamada de seguimiento, un mensaje o un correo electrónico para saber cómo estaba. Al mismo tiempo, lo veía muy activo en otros ministerios y responsabilidades, y me costaba comprender por qué no encontraba un momento para saber cómo estaba alguien de su propia congregación que había acudido a él en busca de ayuda. Aquello fue muy doloroso para mí.

Pero yo necesitaba perdonarlo.

Me reuní entonces con él para pedirle perdón por aquella amargura que había ido creciendo en mi corazón. Y así lo hice. También le expresé, con lágrimas en los ojos, lo abandonado que me había sentido durante aquel peligroso valle de sombra de muerte, cuando había acudido a él en busca de ayuda.

El pastor me pidió perdón. Reconoció que había pecado ante Dios y que entendía que Dios le pediría cuentas por aquello. También me dijo que, aunque no pretendía usarlo como excusa, había estado atendiendo a otro hermano que atravesaba una situación mucho peor que la mía. Había cosas que podía entender y otras que me costaba comprender. Pero yo había decidido perdonarlo.

Desde aquella reunión han pasado dos años y siete meses. Durante todo este tiempo, el pastor no volvió a comunicarse conmigo para saber cómo estaba ni cómo seguía mi situación. Creo que su arrepentimiento fue genuino, aunque, por alguna razón, no se tradujo en el acompañamiento que yo había esperado.

No lo juzgo. La vida es complicada y todos, de una manera u otra, hacemos algo parecido: nos arrepentimos y volvemos a caer en aquello de lo que nos habíamos arrepentido. Por eso creo que el arrepentimiento no siempre puede evaluarse por un cambio radical e inmediato de dirección. A veces comienza con un cambio profundo en nuestra manera de ver las cosas, aunque nos tome tiempo cambiar completamente de rumbo. Todos lo hemos vivido.

Estos cinco años han sido muy duros y dolorosos. Hubo muchos momentos de soledad, momentos de depresión, algún que otro pensamiento de suicidio y una profunda sensación de desesperanza.

Pero, al mismo tiempo, cuando miro hacia atrás, puedo reconocer que, aun en medio de tanto dolor, Dios nunca me dejó solo. He aprendido cosas caminando por este árido desierto que jamás habría aprendido de no haber tenido que atravesarlo y que, quizás, tampoco habría aprendido si otros hubieran intervenido en lo que Dios quería hacer en mí. Dios, en su providencia, utilizó aquella soledad para enseñarme cosas que yo necesitaba aprender.

Hoy he querido compartir brevemente algunas de las cosas que he aprendido durante este tiempo. No quería dejar pasar esta fecha, al cumplirse cinco años desde que corrí a buscar ayuda y comenzó este desierto, sin detenerme a reflexionar sobre ellas.

Aprendí que los hombres no pueden ser Dios. Pueden escucharnos, acompañarnos con su presencia y darnos consejos que consideran sabios. Pero solo Dios tiene palabras de vida eterna. Solo Dios conoce plenamente nuestras vidas y nuestras circunstancias, y aquello que necesita ser quebrantado en nosotros para que renunciemos a nuestros ídolos y nos acerquemos por completo a Él.

Aprendí que, aunque clamaba a gritos por la soledad que sentía al no encontrar ayuda en la persona a la que había acudido, Dios nunca me dejó solo. A lo largo de estos años me proveyó de personas que llegaron providencialmente, en momentos específicos de este caminar, y que supieron escucharme —sin juzgarme ni aplastarme— y mostrarme lo que, a su juicio, podía ayudarme a enfrentar mi problema.

También descubrí que Dios me había regalado un hambre por la lectura que me llevó a devorar decenas de libros sobre el problema específico que me aquejaba. Aquellas lecturas me ayudaron a comprender de manera más amplia la raíz de mi problema y cómo enfrentarlo.

Y aprendí que, cuando no tuve el cuidado pastoral que yo pensaba que necesitaba, Dios mismo me pastoreó a través de su Palabra. Cada mañana, durante todo ese tiempo, comenzaba mi día estudiando la Biblia, acompañado de una taza de café y de comentarios bíblicos pastorales basados en sermones expositivos. Estos me ayudaban a comprender mejor el texto que estaba leyendo y, a través de su Palabra, Dios pastoreaba mi alma.

Finalmente, aprendí que muchas veces la mejor manera de enfrentar algunos de los pecados que encontramos en nuestro caminar por esta vida no es atacar directamente el pecado en sí mismo, sino tratar de comprender su raíz: por qué, cuándo y cómo corremos hacia él. Eso me llevó a entender que mi principal problema no era aquel pecado que podía verse desde afuera y por el que había ido inicialmente a buscar ayuda, sino algo mucho más profundo, algo que nadie veía, ni siquiera yo mismo:

Mi desconfianza en Dios.

Aun después de más de treinta años siendo cristiano, tuve que admitir que yo no confiaba en Dios. Desconfiaba de su amor y de que Él fuera digno de mi confianza en los momentos de temor, dolor, frustración e incertidumbre. No creía realmente que Dios estuviera atento a mí, que cuidara de mí, que tuviera sus ojos puestos en mí.

De hecho, le tenía miedo.

Miedo de que decidiera hacerme daño para enseñarme alguna lección que este pecador tenía que aprender a la mala. Miedo de que me aplastara por todos mis pecados. Miedo de que —como había aprendido de mis padres terrenales durante mi niñez— me alzara la voz y me dijera que era un inútil, un caso perdido, que tenía unas manos de m…

No creía que Él pudiera tener un interés genuino en mí: este débil y frágil pecador cuya vida parece una mezcla de amnesia y déjà vu, que sigue aprendiendo lo mismo que sigue olvidando. Por eso, el pecado se había convertido en mi ídolo —ese dios falso— al que corría buscando salvación. Me resultaba más fácil correr hacia él que creer que Dios me amaba y que era digno de mi fe y de mi confianza.

Dios utilizó esta «soledad aparente» para mostrarme cuán fiel, cercano y atento es Él. Me dejó ver que su interés no es aplastarnos ni destruirnos, sino enseñarnos el camino en que debemos andar (Salmo 32:8). Me mostró que Él es un Dios digno de confianza. Que se detuvo para trabajar en mí. Que fijó sus ojos sobre mí y que, después de hacerlo, jamás los apartaría.

Al final de cuentas, después de repasar estos cinco años, puedo darme cuenta de que sí encontré ayuda para mi situación. Solo que no la encontré en el pastor que buscaba, sino en el Pastor que necesitaba:

Dios.